(XXXIV) Gacetilla Taurina: La Realeza en los Toros.(2/2)

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majestad, en medio de las aclamaciones y de aplausos frenéticos de los espectadores entusiasmados. Después de semejante emoción, el resto de la corrida tenía que resultar necesariamente anodina: Tambor, Trabuco y Alevoso fueron despachados, con mejor o peor suerte por El Panadero. Se sabe que de aquella cogida, el célebre matador dio la siguiente explicación, en una carta que escribió a Luis Carmena y Millán: Fui cogido dando un pase de pecho en las barreras, y como un pedazo de capa se enganchase en el cuerno derecho del toro, éste, al tener la vista obstruida, no obedeció a la muleta, y fui enganchado por la ingle y herido. En su «Relación», Gautier describe así a Domínguez: “Es un hombre de unos treinta y cinco años, de elevada estatura, apariencia vigorosa; espesas barbas, que arrancan de los extremos de la boca, proporcionan a su rostro una expresión de valor inquebrantable.” La conducta del matador de toros en esta circunstancia estuvo de acuerdo con su retrato. La impresión que dejó fue enorme, como lo atestigua esta nota, aparecida en el Messager del 25 de septiembre: “Ha sido por inadvertencia por lo que en los carteles de las corridas de toros se ha añadido al nombre del célebre Manuel Domínguez la palabra Desperdicios. Este mote, que quisieran aplicarle algunos envidiosos del talento y el valor de Domínguez, no será nunca adoptado en nuestra villa, que acaba de apreciar con qué impropiedad sería aplicado al más bravo y más brillante espada de España.” De haber vivido entonces el no menos célebre diestro Domingo López Ortega, le hubiera dicho al erudito Gautier: «Entienda Ud. que ese apodo es verdaderamente acertado, porque ese diestro no tiene desperdicio alguno, es materia auténticamente pura, humana, viril y artísticamente.» Poco antes de comenzar en México el Gobierno Imperial del archiduque austríaco, que fungió como el Emperador Maximiliano, se celebró la última corrida en la ciudad de México, el (22-02-1863), que fue organizada por una Junta de Damas Patriotas que presidía doña Margarita Maza de Juárez, esposa del entonces presidente de la República, que el (15-07-1867) entró triunfante en la Ciudad de México, tras el derrocamiento del Imperio, estableciendo inmediatamente la Constitución de 1857. Movido por su exaltado nacionalismo, prescribió la prohibición de las corridas de toros en el Distrito Federal, lo que juntamente con la ausencia de toreros españoles -ya el

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diestro de Puerto Real, Bernardo Gaviño Rueda, era considerado mexicano y recorrió algunas Repúblicas Hispanoamericanas al igual que el diestro Manuel Domínguez-, hizo que se estancase la tradición que comenzaba a arraigarse de las «corridas de toros a la española» con todos sus tercios y circunstancias. Pero a lo que vamos. Pese a la llegada al trono del Emperador de origen austríaco, en el que reinó unos cuatro años, la fiesta brava siguió pujante en México. La razón de ello fue que Maximiliano conocía las corridas de toros españolas, y había asistido a alguna en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, siendo huésped de los infantes duques de Montpensier. Y en ese sentido, conservamos relación de una corrida organizada «en honor de SS.MM», así que la emperatriz Carlota y el emperador Maximiliamo asistieron a ella, en la que toreó Bernardo Gaviño. El emperador, en sus «Memorias de mi vida», publicada en México en 1869, hace una detenida descripción de la Fiesta Brava y muestra por ella un gran entusiasmo. Dice: «Me agradan semejantes fiestas, en las que la original naturaleza del hombre se revela en toda su verdad y las prefieron con mucho a los entretenimientos inmorales y enervantes de otros países voluptuosos y degenerados», sin duda estaba refiendo a Francia. Para continuar escribiendo: «Y el resorte del estusiasmo que la lidia produce no está mal razonado, ya que la excitación producida por la vista del peligro arrastra irremisiblemente a la imaginación por la misma corriente del entusiasmo.» De todas formas no prodigaron los emperadores su asistencia a los festejos taurinos. El coronel, probablemente del ejército de Maximiliano, D. Charles Blanchet, autor de del interesante libro L´Intervention Française au Mexique, nos hace su relato de la fiesta de toros, hacia la que, pese a mostrar poca afición, dedica expresiones de admiración y da a entender que fue excepcional en lujo e importancia entre las corrientes entonces en boga en México: «El personal completo de una cuadrilla -escribió- estaba totalmente compuesto de mejicanos de las mejores y más ricas familias del país, que adiestrados desde su infancia en todos los deportes nacionales, descollaban en todos los ejercicios de destreza, de agilidad, de fuerza y de audacia. Revestidos de trajes magníficos, montados, desempeñaban todas las funciones del drama con un brío, una destreza, una destreza, una agilidad y un valor notables, recogiendo a cada suerte los aplausos frenéticos, los hurras entusiastas de una multitud delirante. Varios toros fueron lidiados con una maestría soberbia y matados con seguridad de espada llena de elegancia e intrepidez. Después, como apoteósis del toro muerto, el arrastre de la víctima se hacía por torncos de soberbios alazanes de pura sangre inglesa, salidos de las cuadras de Mr. Barron, el rico banquero inglés, que conducidos por lacayos de a pie de gran librea, se llevaban de la arena, brincando espantados, el sangriento despojo del toro.» Le llamó asimismo la atención el espectáculo magnífico de la plaza, cuajada de una «muchedumbre turbulenta de diez mil personas de todas clases, de todos rangos, con los trajes de fiestas más variados», y las más importantes agrupaciones en torno al palco imperial adornado con ricas colgaduras enguirnaldadas.

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ZALDÍVAR ORTEGA (Juan José.). Doctor en Medicina Veterinaria y Zootecnia por la Universidad de Córdoba. Nació en la ciudad de Puerto Real (Cádiz), el (20-08-1933)

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