XLVI) Gacetilla Taurina: La historia de la venta de «entradas.»

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Aunque no se ha logrado aún precisar con exactitud el origen de despachar o vender billetes para presenciar los espectáculos taurinos, dando derecho al uso de determinados asientos, si sabemos que era una antigua costumbre la de pagar a la entrada de la Plaza de Toros, depositando la cantidad, según el precio de la localidad deseada, en una bolsa fiscalizada por los correspondientes cobradores, situados en cada puerta de acceso. Así de sencillo. De esa forman podemos asegurar que ya en 1738 se adquirían las entradas para asistir a las corridas en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. De esa fecha es una “forma de arrendamiento” otorgado por dicha Maestranza, en cuyas condiciones figuran, según la ubicación, las siguientes normas:
“Cualquiera que quisiera arrendar asientos de balcón, deberá acudir a la casa donde está la administración, inmediata a la plaza, y en ella se darán boletines.” “Los balcones, cajones y tarimón están numerados por la parte de fuera de la plaza, a fin de que no padezcan confusión los interesados de los boletines, los que hallarán quien les franquee los respectivos asientos.” Referente a las localidades sin numerar, se disponía los siguiente:
“Todo el que quiera asiento en lo restante de la plaza lo tendrá pagando a los cobradores, que estarán a las puertas, seis cuartos por la mañana y once de la tarde, siendo dueños de elegir asientos en lo que encontraren desocupado; pues sólo se exceptúan balcones, cajones y el tarimón –tendido- debajo de ellos; con la advertencia de no llevar mayor moneda que pesetas, por evitar la detención del cambio y peso.”

 

Un ejemplo de los primeros billetes, con distinción de tendidos en la Plaza: Sol, hacia el año 1850.

 

Lo señalado deja al descubierto que en la Real Maestranza de Caballería existía un sistema de cobro mixto, pues, por un lado, los cobradores se hacían cargo del importe de las localidades sin numerar, y las numeradas se reservaban a quienes previamente habían adquirido con anterioridad las entradas o boletines. Así que, desde 1738, podemos ya seguir la evolución cronológica que siguieron los tipos de entradas para asistir a las corridas de toros y que de forma conjunta aparecerá analizada en el año en que suceda un determinado cambio. En este sentido, podemos decir que en las restantes plazas la costumbre debió ser muy similar, y desde 1803 se conserva una lista del reparto de boletines a personas que, por su cargo o dignidad, debían de disfrutar de localidades determinadas, especialmente, en las fiestas oficiales. En todos los casos, los diversos precios de las entradas, debían ser previamente autorizados por las autoridades correspondientes.

 

Otro ejemplo de los primeros billetes, con distinción de tendidos en la Plaza: Sombra, hacia el año 1850.

 

Al parecer, en la plaza de Madrid y a finales del siglo XVIII, aunque las localidades comunes estaban sin numerar, en las funciones importantes se expedían o vendían billetes para todas las localidades de sombra. Cuando se reanudaron las fiestas de toros por orden del rey intruso, José Bonaparte, sin duda por la resistencia del público a asistir a ellas, y con el designio de dar el mínimo de molestias a los asistentes, se fijaba un aviso, que significó un retroceso en la reglamentación y ordenación de la fiesta, con la siguiente advertencia: “Se entrará sin billete, pagando a la entrada como antes se hacía.” Tal parece que la costumbre de recaudar el precio de las entradas por medio de los cobradores situados en las puertas de las plazas desapareció, al menos en la Madrid, en 1840. Don José Sánchez de Neira, que vivía en aquellos años, nos cuenta que, por aquel tiempo, “los empresarios don Pedro Antón, don Julián Javier, don Eusebio Caramanzana y don José Cuadros idearon establecer una entrada por medio billete, abriendo un despacho en la calle de Carretas.
”El famoso diestro Francisco Montes (Paquiro), en su «Tauromaquia», recla-maba en 1836: “… sería sumamente bueno para el público que todos los asientos se numerasen, y que cada cual se colocara en el que trajera anotado en su billete; de este modo se evitaría la extraordinaria concurrencia –la confusión- que se advierte en algunos puntos de la plaza, mientras que otros están enteramente vacíos, y, además, por si no fuera poco, las rencillas e incomodidades que la multitud y la estrechez traen consigo.” Semejante reclamo, siguiendo el orden cronológico, aun no había sido atendido en 1852, cuando don Melchor Ordóñez redactó el primer Reglamento Taurino, que dice en su primer artículo: “No se venderán más entradas que para el número de personas que, cómodamente, puedan caber en la plaza.”

 

Billete o «entrada» histórico de la corrida en que fue herido de muerte «Manolete», en la Plaza de Toros de Linares (Jaén),
el (28-08-1947).

 

Siguiendo la cronología desde los primeros billetes, el propio Sánchez de Neira nos dice al respecto: “En un principio los billetes eran sencillísimos: un pequeño impreso del tamaño de 5 centímetros de ancho por 4 de alto, pegado a un cartón que al dorso tenía por contraseña una, dos y aun diez florecillas, estrellas u otras figuritas topográficas según las veces para las que había servido; siendo de notar que ni aun para las funciones reales se mejoraron en su calidad y diseño. Ya en tiempos de don Justo Hernández, hacia el año 1850, los billetes de cartón fueron sustituidos por otros, sencillos en cuanto a la impresión, pero entalonados de modo que, al presentarlos en las puertas exteriores, quedase dentro de un cajón construido al efecto la parte talonaria que los recibidores cortaban; y desde entonces, aunque con bastante lentitud, fue mejorando la confección de billetes.”

 

Billete o «entrada» igualmente histórico, conmemorando la inauguración de la Paza de Toros de Valladolid el (20-09-1990).

 

 

Sin embargo, pese a la aseveración de Sánchez de Neira, se tienen pruebas de que billetes de gradería de sol no empezaron a utilizarse hasta el (28-05-l855), en que comenzaron a venderse en taquilla, como las restantes localidades. El año citado, y el siguiente dio un gran salto evolutivo al ponerse en discusión de si debían o no numerarse todas las entradas, entablándose serias discrepancias en un tema tan claro. Y mientras esto sucedía, la confección del billetaje cobró un inusitado vuelo y comenzaron a imprimirse con la mayor perfección y hasta elegancia. En ese sentido, a finales del siglo XIX, el impresor Regino Velasco, gran aficionado que murió trágicamente en el callejón de la plaza de Madrid corneado por un toro que saltó la barrera, fue el impulsor del progreso de edición de las entradas. Velasco aprovechó todos los adelantos de la litografía –que fue introducida en España por don Antonio Brusi y Ferrer (Marqués de Casa-Brusi), periodista y editor (Barcelona, 1815-1878)- y del fotograbado para reproducir dibujos y viñetas de los mejores artistas de su tiempo para exornar los billetes; propaga a todas las plazas españolas la costumbre de usarlos, que de necesaria o útil, llegó plenamente a incorporar en ellos el arte y la decoración.
En El Puerto de Santa María, en la esquina de las calles Jesús de los Milagros y Luna, frente al Bar “La Mezquita” –allí había una cabeza toros a modo de anuncio-; se vendían las entradas con bastante antelación a la celebración de las corridas…, pero el sabor de antaño lo viene agriando desde hace años toda una serie de acciones tan prepotentes como desacertadas, que son conocidas como «gagorianas», protagonizadas por un personaje tan «chaquetero» como «apesebrado.»
Aunque no se ha logrado aún precisar con exactitud el origen de despachar o vender billetes para presenciar los espectáculos taurinos, dando derecho al uso de determinados asientos, si sabemos que era una antigua costumbre la de pagar a la entrada de la plaza, depositando la cantidad, según el precio la localidad deseada, en una bolsa fiscalizada por los correspondientes cobradores situados en cada puerta de acceso. Así de sencillo. De esa forman podemos asegurar que ya en 1738 se adquirían las entradas para asistir a las corridas en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. De esa fecha es una “forma de arrendamiento” otorgado por dicha Maestranza, en cuyas condiciones figuran, según la ubicación, las siguientes normas:
“Cualquiera que quisiera arrendar asientos de balcón, deberá acudir a la casa donde está la administración, inmediata a la plaza, y en ella se darán boletines.” “Los balcones, cajones y tarimón están numerados por la parte de fuera de la plaza, a fin de que no padezcan confusión los interesados de los boletines, los que hallarán quien les franquee los respectivos asientos.” Referente a las localidades sin numerar, se disponía los siguiente: “Todo el que quiera asiento en lo restante de la plaza lo tendrá pagando a los cobradores, que estarán a las puertas, seis cuartos por la mañana y once de la tarde, siendo dueños de elegir asientos en lo que encontraren desocupado; pues sólo se exceptúan balcones, cajones y el tarimón –tendido- debajo de ellos; con la advertencia de no llevar mayor moneda que pesetas, por evitar la detención del cambio y peso.”
Lo señalado deja al descubierto que en la Real Maestranza de Caballería existía un sistema de cobro mixto, pues, por un lado, los cobradores se hacían cargo del importe de las localidades sin numerar, y las numeradas se reservaban a quienes previamente habían adquirido con anterioridad las entradas o boletines. Así que, desde 1738, podemos ya seguir la evolución cronológica que siguieron los tipos de entradas para asistir a las corridas de toros y que de forma conjunta aparecerá analizada en el año en que suceda un determinado cambio. En este sentido, podemos decir que en las restantes plazas la costumbre debió ser muy similar, y desde 1803 se conserva una lista del reparto de boletines a personas que, por su cargo o dignidad, debían de disfrutar de localidades determinadas, especialmente, en las fiestas oficiales. En todos los casos, los diversos precios de las entradas, debían ser previamente autorizados por las autoridades correspondientes.

 

Al parecer, en la plaza de Madrid y a finales del siglo XVIII, aunque las localidades comunes estaban sin numerar, en las funciones importantes se expedían o vendían billetes para todas las localidades de sombra. Cuando se reanudaron las fiestas de toros por orden del rey intruso, José Bonaparte, sin duda por la resistencia del público a asistir a ellas, y con el designio de dar el mínimo de molestias a los asistentes, se fijaba un aviso, que significó un retroceso en la reglamentación y ordenación de la fiesta, con la siguiente advertencia: “Se entrará sin billete, pagando a la entrada como antes se hacía.” Tal parece que la costumbre de recaudar el precio de las entradas por medio de los cobradores situados en las puertas de las plazas desapareció, al menos en la Madrid, en 1840. Don José Sánchez de Neira, que vivía en aquellos años, nos cuenta que, por aquel tiempo, “los empresarios don Pedro Antón, don Julián Javier, don Eusebio Caramanzana y don José Cuadros idearon establecer una entrada por medio billete, abriendo un despacho en la calle de Carretas.”

 

 

Billete o «entrada» histórico de la corrida celebrada en la Plaza de Toros de Alicante, la tarde del (19-04-1949), con reproducción litográfica de una pelea de toros.

 

 

El famoso diestro Francisco Montes (Paquiro), en su Tauromaquia, reclamaba en 1836 “que sería sumamente bueno para el público que todos los asientos se numerasen, y que cada cual se colocara en el que trajera anotado en su billete; de este modo se evitaría la extraordinaria concurrencia –la confusión- que se advierte en algunos puntos de la plaza, mientras que otros están enteramente vacíos, y demás las rencillas e incomodidades que la multitud y la estrechez traen consigo.” Semejante reclamo, siguiendo el orden cronológico, aun no había sido atendido en 1852, cuando don Melchor Ordóñez redactó el primer Reglamento, que dice en su primer artículo: “No se venderán más entradas que para el número de personas que, cómodamente, puedan caber en la plaza.”
Siguiendo la cronología desde los primeros billetes, el propio Sánchez de Neira nos dice al respecto: “En un principio los billetes eran sencillísimos: un pequeño impreso del tamaño de 5 centímetros de ancho por 4 de alto, pegado a un cartón que al dorso tenía por contraseña una, dos y aun diez florecillas, estrellas u otras figuritas topográficas según las veces para las que había servido; siendo de notar que ni aun para las funciones reales se mejoraron en su calidad y diseño. Ya en tiempos de don Justo Hernández, hacia el año 1850, los billetes de cartón fueron sustituidos por otros, sencillos en cuanto a la impresión, pero entalonados de modo que, al presentarlos en las puertas exteriores, quedase dentro de un cajón construido al efecto la parte talonaria que los recibidores cortaban; y desde entonces, aunque con bastante lentitud, fue mejorando la confección de billetes.”
Sin embargo, pese a la aseveración de Sánchez de Neira, se tienen pruebas de que billetes de gradería de sol no empezaron a utilizarse hasta el (28-05-l855), en que comenzaron a venderse en taquilla, como las restantes localidades. El año citado, y el siguiente dio un gran salto evolutivo al ponerse en discusión de si debían o no numerarse todas las entradas, entablándose serias discrepancias en un tema tan claro. Y mientras esto sucedía, la confección del billetaje cobró un inusitado vuelo y comenzaron a imprimirse con la mayor perfección y hasta elegancia. En ese sentido, a finales del siglo XIX, el impresor Regino Velasco, gran aficionado que murió trágicamente en el callejón de la plaza de Madrid corneado por un toro que saltó la barrera, fue el impulsor del progreso de edición de las entradas. Velasco aprovechó todos los adelantos de la litografía –que fue introducida en España por don Antonio Brusi y Ferrer (Marqués de Casa-Brusi), periodista y editor (Barcelona, 1815-1878)- y del fotograbado para reproducir dibujos y viñetas de los mejores artistas de su tiempo para exornar los billetes; propaga a todas las plazas españolas la costumbre de usarlos, que de necesaria o útil, llegó plenamente a incorporar en ellos el arte y la decoración.

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ZALDÍVAR ORTEGA (Juan José.). Doctor en Medicina Veterinaria y Zootecnia por la Universidad de Córdoba. Nació en la ciudad de Puerto Real (Cádiz), el (20-08-1933)

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