XLII) Gacetilla Taurina: A los Aficionados franceses.

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Don José María de Cossío, en su monumental obra LOS TOROS (*), dedica 33 páginas a «El Toreo en Francia.» Hay que felicitarlos por la seriedad, el silencio y los conocimientos con que viven la Fiesta Brava en su país… por eso no es extraño que se asomen con asiduidad a nuestra web taurina. Ya quedaron muy lejos las acciones de sus sesudos escritores -¡y la de los españoles!-, en apoyo a la prohibición de las corridas de toros. Se quejaban unos y otros, en los primeros años del siglo XVIII “de que por tal diversión el estudiante falte a clases, el obrero a su taller, y que sea ocasión de riesgos y disputas, sin contar los peligros intrínsicos e inevitables del espectáculo.” En nuestros días, el deporte del balón hace estragos y todos tan”panchos.

 

 

Ricardo Torres (Bombita). Imagen obtenida de una postal que, en 1906, le envió el ganadero D. Antonio Llaguno González, desde Nimes (Francia), a su hermana Lola, en la ciudad de Zacatecas (México). En la postal le decía: «Hoy he visto torear al magistral Bombita, y toreó y mató como los ángeles…»

 

(*) TratadoTécnio e Histórico. Tomo IV. Duodécima edición. Págs. 79-112.

 

 

Recuerdo aquel carnicero francés, llamado Arnaud Bergeret, que se dirigió en 1727 a la Municipalidad de Bayona para pedir la supresión de las corridas, fundando su demanda no solamente en los inconvenientes mencionados, sino en un argumento que es invocado por primera vez y será utilizado con frecuencia en el futuro: “… la carne de la bestia lidiada y fatigada no es sana; se estropea y corrompe más fácilmente”, pero uno de sus ayudantes tenía por misión llevarle a su casa los solomillos de las reses. El requerimiento de Bergeret no produjo efecto inmediato, ya que las corridas continuaron en Bayona. Sin embargo, la autorización de la Municipalidad siguió siendo indispensable para organizarlas.
El hijo del propio Bergeret, que observó durante años la conducta de su padre y disfrutó la carne selecta en la mesa de su hogar, no podía compartir las opiniones antitaurinas de su padre, y 1742 pidió autorización para celebrar corridas de toros en Bayona, que le fue denegada. Curiosa, como la mayoría de las interpretaciones políticas, la Municipalidad de Bayona toleraba, pues, las corridas de toros, pero se reservaba la facultad de prohibirlas. Y es que el argumento higiénico expuesto por su progenitor debía ser de nuevo invocado en 1745 por el procurador síndico de Dax, que al combatir las fiestas taurinas nos revela la existencia, presumida, de esta costumbre practicada en la villa francesa, como en las otras del Sudoeste de Francia, bien antes del siglo XVIII. El procurador síndico atribuye las enfermedades que afligían a los ciudadanos de Dax a la costumbre de comer bestias lidiadas y fatigadas. En dichos argumentos, la ineficacia de la intervención de la Municipalidad cuando intenta prohibirlas y los accidentes que originaron, decidieron al intendente Gaspard Henri Caze de la Bove a decretar en 1745, una prohibición formal de las fiestas taurinas, primera, cronológicamente de una serie que debían prolongarse durante cuarenta años.

 

Este autor pudo una mañana ver en este patio de caballos, de Zahariche de Miura, a un grupo de 50 univeritarios aficionados franceses, de los doscientos que todos los años visitan el célebre cortijo… ¡ninguno de España!

 

 

La última prohibición citada produjo efectos en Dax, pero sólo por algún tiempo. No consiguió, en todo caso, detener la continua expansión de las corridas, que se desarrollaron más a cada prohibición. Apenas Caze de la Bove acaba de tratar con rigor a Dax, se señalan corridas en el otro extremo de su Distrito, en Nogaro. La región de Bas-Armagnac es alcanzada por la costumbre invasora, y Plaisance, Risele, Eauze, Aignan y Cazaubon ven surgir, y más probablemente renacer, la afición taurina, aunque Nogaro aparezca en los textos de la época como el único lugar habitual de estas fiestas. Y lo mismo sucedió años después, y en México y en España, a todo lo largo del siglo XIX, con prohibiciones seriadas, que también los aficionados se “saltaron a la torera”, exactamente igual que los franceses del Mediodía.

 

Corrida landesa en la Plaza de Toros de Arles (Francia).

 

 

Para algunos historiado-res galos, es muy probable que, dentro de la evolución del toreo en Francia, la modalidad del juego landés o corrida landesa, tuviese su origen en las exhibiciones que los toreros españoles realizaron cuando fueron a torear al anfiteatro de la ciudad de Bayona, en el que actuaron en distintas ocasiones, en 1701 y en 1751. El (23-04-1810), fue organizada una corrida de toros para celebrar la boda de Napoleón y de la emperatriz María Luisa, y tal vez otra función en 1830. Sin duda, al menos dos historiadores, Fufourcet y Camiade, en su día lanzaron un hipótesis muy seductora. En su estudio etno-gráfico sobre Las corridas de toros en España y en Francia, publicado en la ciudad de Dax, en 1891, suponen que en la Edad Media, los señores de Aquitania lucharon en campo cerrado contra toros y, que el estilo de los caballeros españoles, se hacían ayudar por gente de a pie, que ambos casos eran imprescindibles. De los diversos ejercicios a los que se dedicaban estos últimos, sentaron plaza en las corridas gasconas la suerte de banderillas, que los capeadores landeses colocaban con destreza hacia la segunda mitad del siglo XIX.

 

 

 

En la extensa región de la Camargüe francesa -muy parecida a la de las Marismas del Guadalquivir-Doñana- existían en el siglo XVI (año 1550), 16.000 reses bravas que vivían en hatos de 100, 200 y hasta 500 animales. («La Provenza alabada», de Messeire P. de Quinqueran de Beaujeu, obispo de Sènés.)

 

En el Journal des Landes, de 1802, podemos leer cómo eran las corridas celebradas en el Departamento de Las Landas. Se instituyó desde entonces el «premio de destreza para los lidiadores.» En una ocasión, en la Plaza de Toros de Dax, en 1803, la hazaña de la corrida de aquella tarde la protagonizó un hombre que, saltando sobre el toro, «se ha lanzado entre sus cuernos, ha pasado una de sus piernas entre las patas del toro y ha acabado por hacerse dueño de èl, tumbándolo.» Nunca se mencionan las banderillas ni todas las demás suertes, que serán más tarde señaladas en las actas, cuando las cuadrillas españolas actuaban en la región. Parece, pues, que semejantes actos acrobáticos, de habilidad, destreza y valor, fueron copiados por los lidiadores landeses de lo que hacían los lidiadores navarros.

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ZALDÍVAR ORTEGA (Juan José.). Doctor en Medicina Veterinaria y Zootecnia por la Universidad de Córdoba. Nació en la ciudad de Puerto Real (Cádiz), el (20-08-1933)

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