XL) Gacetilla Taurina: ¿Cúchares pidiendo perdón…?

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De verdad, no puedo figurarmelo. ¿Y Usted, lector?… a Francisco Arjona Herrera (Cúchares), pidiendo perdón. Ello sucedió en la corrida del (05-10-1846), cumplió el compromiso contraído de retractarse ante el público madrileño de sus faltas cometidas en la corrida del 27 de septiembre anterior. Cúchares cedió a Redondo el primer toro, estrechando la mano de su compañero en medio de una gran ovación del público madrileño. Este suceso, que narran en idénticos términos todos los cronistas, y que copió don José María de Cossío, fue sacado por éste del erudito taurino don Bruno del Amo (Recortes) en su artículo: competencia de «Cúchares y el Chiclanero.»

 

Fue el niño mimado de la Escuela, captándose en seguida no sólo la atención y solicitud de sus maestros Romero y Cándido.

(*) Nacido en Madrid el (20-05-1818), falleció en La Habana (Cuba) -donde por una extraña repulsa anímica nunca quiso ir-, el (04-12-1868), víctima del vómito negro, a los cincuenta años de edad.

 

Fue muy orgulloso -como Redondo-, listo y decidido, gracioso y presumido de su juvenil persona, el Benjamín de los alumnos, fue el niño mimado de la Escuela, captándose en seguida no sólo la atención y solicitud de sus maestros Romero y Cándido, sino la simpatía de los habituales concurrentes a las lecciones, y entre todas las del Veinticuatro don Juan Nepomuceno Fernández de las Rozas, escribano de cámara de la Real Audiencia y persona de gran valimiento en aquella situación, que se convirtió en su favorecedor más decidido. La competencia con el Chiclanero declinaba fatalmente. A la cojera de Cúchares, cierta o supuesta, se añadía la auténtica tuberculosis de José Redondo, que acababa con él en 1853. Quedaba entonces Cúchares como dueño absoluto del campo taurino, y ya sin contradicción ni competencia posible, comenzaron a imperar en las plazas sus ventajes y marrullerías sin contención. Rodéale una aureola de simpatías, debido a su generosidad y desprendimiento, que le hacían estar siempre pronto para con su toreo o su bolsillo remediar cualquier necesidad que estuviese a su alcance. Sus mismos dichos, cínicos, se repetían como gracias plausibles. La frase que se afirmaba repetía s su mujer en cada corrida:

 

«Señá María, que esté lista la puchera, que güervo en cuanto se acabe la corrida», se celebraba como muestra infalible de su seguridad. Toreando en una ocasión un toro boyante y claro, le gritó un espectador: «Curro, reciba usted ese torito», a los que Cúchares contestó: «Ca, hombre; lo que yo recibo es el parné.» Sus máximas tenían el mismo tono cínico; verbigracia: «Con los toros hay que diquelar mucho para cogerlos despreveníos.» O bien: «Con los bichos que buscan dar una desazón, enjamás se acuerda uno del arte para matarlos, y habéis de saber que para los toros que se juyen, desarman o se cuelan, no se ha hecho el alpiste.» Pero entre ellas alguna podía tomarse como norma universal del toreo. Tal cuando decía: «Las dudas ante los toros son las que dan las cornadas.»

 

 

Acaso las que retratan mejor su carácter son las que nos le muestran preocupado con salir orgullosamente indemne de la ruda lucha taurina. Así, cuando su hija María de la Salud trataba de casarse con el Tato, solía decirla: «No creas que todos los toreros son como tu padre, que os dise vuelvo, y vuelve; porque la mayor parte de ellos suelen volver en carta o por el alambre.» O cuando, instando por José Velásquez y Sánchez a que se retratara practicando su suerte favorita, le decía: «Que pinten el prado de San Sebastián y la alcantarilla de mi barrio. En la alcantarilla una calesa y yo dentro. Abajo un letrero que diga: Curro, acaba la temporada y se vuelve a San Bernardo. Esa es mi suerte mejor, y la que hacen pocos.» Finalmente, y para concluir este florilegio, no tenía inconveniente en confesar el temor que sentía al comenzar la lidia.
Sin embargo y realmente, el incidente señalado encendió aún más la rivalidad entre ambos espadas, durante la campaña de 1848, por pertenecer a causas de índole personal y no técnica o artística, apenas merece la consideración de exponente de una competencia taurina. Cuando Redondo reapareció más tarde en la Real Maestranza de Sevilla, los partidarios de Cúchares, la mayoría de los habitantes de los barrios de San Bernardo y de la Carretería, arremetieron contra él violentamente, extendiéndose el apasionamiento a todas las plazas de la Península. José no se arredró, y, fachendoso, desafió desde el ruedo a los más exaltados contradictores. Ególatra sin frenos, hacía chistes y daba voces, aunque fuese en el propio redondel, elogiándose siempre. «Soy en el toreo redondo como mi apellío», gritaba risueño, cuando acababa de hacer alguna suerte afortunada.

 

Eran tan distintas las escuelas de uno y otro toreo, que difícilmente podía atribuirse la victoria a ninguno de ellos, pues dentro de su manera era cada cual consumado maestro. No es dudoso que el toreo del Chiclanero, parado, reposado, resuelto y segurísimo en la muerte de los toros, tenía, como hoy diríamos, mejor clase que el de Cúchares. Esta aprovechaba todas las circunstancias de la lidia para lucir su arte alegre y movidísimo, en el que su inteligencia para conocer y prevenir las intenciones de los toros era la parte principal. Por ello, a la larga, el triunfo debía ser para el Chiclanero, o más propiamente dicho, de su escuela, y, sobre todo, cuando Cúchares convirtió en defectos y ventajas lo que primitivamente había sido intuición genial e inteligencia viva del toreo. Porque Cúchares, hasta 1850, torea sin dar importancia al toro, por puro placer y complacencia de la lidia, por travesura de su afición, a la que nunca trató de servir con un arte difícil y trascendental. Así podía decir Juan León con entera justicia, señalando a su ahijado:
“Ahí tiene usted a ese mozo que continúa toreando por darse gusto a sí mismo, sin considerar que lo están viendo quien lo aprecia y quien lo aborrece. En lugar de darse la importancia que debe y puede como espada y como torero, juguetea con los bichos de trapío y de pujanza, haciendo creer que son unos chotos… Todavía no ha aprendido a disimular en el redondel cuándo le incomodan los aplausos a otros, ni cuando los procura para sí; entregando sus mejores cartas al contrario a fuerza de temeridades y necias porfías. Por ese hombre ni pasa el tiempo ni roza la experiencia, y siempre es Currito, queriendo torear reses por diversión, y de todos modos y en todas partes…”Este retrato de su temperamento, trazado por una mano amiga, nos descubre las ventajas y los inconvenientes con que había de tropezar en su competencia con un torero de la seriedad y la valía de José Redondo. Aventajábale, además, éste en garbo y apostura, y así tenía que suplir Cúchares con gracia, que pronto degeneró en chocarrería, esta desventaja de presentación.

 

Un adorno, o un acto de «chulería», de «Cúchares.»

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Autor

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ZALDÍVAR ORTEGA (Juan José.). Doctor en Medicina Veterinaria y Zootecnia por la Universidad de Córdoba. Nació en la ciudad de Puerto Real (Cádiz), el (20-08-1933)

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