Acechador

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Había expectación en la provincia gaditana por ver la novillada en la Plaza Real de El Puerto de Santa María la tarde del (18-08-1889) y los numerosos aficionados que se desplazaron desde de Cádiz se regre-saron satisfechos, porque a las actuaciones de los novilleros se sumó el interés por ver al torero-charro mexicano Ponciano Díaz y sus charros. 
Los novilleros alternantes fueron Enrique Santos (Tortero) y Rafael Bejarano (Torerito) y el ganado, siete astados, de don Eduardo Ibarra, resultaron muy buenos, y aun hubieran resultado mejores de haber sido bien lidiados; todos con el hierro de la Y, con muchas libras, bonita lámina, bravos y con empuje, llevaron los nombres siguientes: 1º Jaquetón, con el nº 43, negro hito, escobillado del izquierdo y bien encornado, fue superior. 2º Colegial, con el nº 34, negro lombardo y bien puesto. 3º Chirrido, con el nº 35, negro peceño y con armadura. 4º Polvorillo, con el nº 72, negro listón y bien puesto. 5º Gitano, con el nº 31, negro chorreado y cornidelantero, fue un toro de bandera. 6º Fortuna, con el nº 12, negro chorreado, bragado y puesto, también fue de bandera. 7º Acechador, con el nº 50, negro zaino y astillado del izquierdo. Entre los seis mataron 10 caballos.
Siguiendo la crónica rescatada por D. José María Rojas Guillén reseñamos: «El Tortero, que vestía terno granate y oro, estuvo desgraciado en la muerte de sus novillos -que fueron Jaquetón y Chirrido- y en quites también desafortunado, pero ser su labor voluntariosa fue aplaudido. El Torerito, que vestía terno verde botella, fue aplaudido toda la tarde por sus merecimientos. En la muerte de sus toros –les tocaron Polvorillo y Fortuna-, demostró valor y arte, rematando a sus dos de sus tres novillos como pudiera hacerlo cualquier matador de fama. Con Fortuna estuvo desgraciado por arrancársele súbitamente cuando se disponía a matarlo, dándole un estocada atravesada. Sin embargo, con la muleta toreó con arte y de cerca. Muy acertado en quite y trabajador en la brega. En suma, fue una buena tarde para el futuro espada. De los banderilleros y picadores nada notable.»
«Salieron Ponciano Díaz –que vestía azul y plata-, Agustín Oropesa y Celso González a demostrar sus habilidades con Colegial. En el primer tercio, Oropesa y González picaron como ya quisieran hacerlo algunos afamados piqueros. Entraron muy bien en la suerte y con garrochitas muy cortas. Pusieron un buen número de varas en todo lo alto del morrillo, perdiendo uno de ellos un caballo. En una de las varas el toro le arrancó todos los arreos al penco y el charro siguió picando en pelo. El público tributó una ovación merecida a los dos mexicanos. Ponciano se retiró por no tener el bicho condiciones para la suerte de ban-derillas a caballo. Sin embargo, en el 5º, Gitano, volvió a salir y puso dos pares de banderillas a media vuelta, aplaudiendo el público y siendo premiado con música. No gustaron las suertes que ejecutaron con los dos últimos becerros que se lidiaron con objeto de que se lazaran y jinetearan los mexicanos, pues resultaron suertes aburri-das, aunque trabajaron con acierto.
Cuadrilla de Tortero: Picadores, Manuel Rodríguez (Cantares) y José Gutiérrez (Cano). Banderilleros, Regaterillo, el Chaval (que dio el salto de la garrocha) y Lobito.
Cuadrilla de Torerito: Picadores, Juan el de los Gallos y Antonio Pérez (Mellado). Banderilleros: Bernardo Hierro, José y Antonio Bejarano.
En otra crónica se dice: Ponciano Díaz, célebre matador-charro mexicano, que vino a España al frente de una escaramuza de charros y que hicieron en nuestros ruedos diversas y atractivas exhibiciones de ese toreo a caballo, integrado por varias suertes, incluyendo el vistoso y arriesgado «salto de la muerte», actuaron la tarde del (18-08-1889) en la Plaza Real del Puerto. Además de poner banderillas desde lo alto de su montura charra, Ponciano y sus dos compañeros, Agustín Oropeza y Celso González, ejecu-taron diversas suertes montadas, todas desconocidas por los aficionados portuen-ses, cuyo solo nombre ya venía impregnado de la bravía tierra mexicana: el «coleadero», el «jaripeo», las «manganas»… y el lazado de las reses con las «reatas» al estilo de su país, para retirarlas del ruedo, sin necesidad de la intervención de los cabestros. Uno de los toros muertos –para torear los cuales en lidia ordinaria estaban las cuadrillas de Enrique Santos (El Tortero) y Rafael Bejarano (Torerito)-, sería arrastrado, según anun-ciaban los carteles, al estilo de México, por las dos airosas jacas de Ponciano, llamadas General y Avión.
La visita de los charros despertó en El Puerto una lógica curiosidad, debido a su procedencia, y en general por las tierras de allende de los mares, y fueron incontables los toreros españoles que, tras terminar la temporada en España, se embarcaron y así lo siguen haciendo, para el Nuevo Mundo en busca de gloria y dinero, y siguiendo esa ruta nos encontramos a Bernardo Gaviño Ruedo, de Puerto Real, y a D. Luis Mazzantini, que según señala Cossío, fue el primer español que abrió la oportunidad americana a los diestros peninsulares, pero no es así, porque algunos otros diestros se le adelantaron.
También fueron muchos los lidiadores americanos, especialmente los mexicanos que, cruzando el Atlántico en dirección opuesta, vinieron a torear a España, creán-dose así una doble corriente de ida y vuelta que cada vez hermanaba más los toreros del Nuevo y Viejo Mundos. El más importante de los diestros mexicanos que alcanzaron fama y prestigio en las Plazas de España, hasta el punto de ser considerado como uno de los mejores y más elegante matadores de su tiempo, fue Rodolfo Gaona. Ya en España, en 1908, tomó la alternativa de manos de Manuel Lara (Jerezano), en la madrileña Plaza de Toros de Tetuán de las Victorias, y unos días más tarde, en terna con Ricardo Torres Reina (Bombita) y Rafael González Madrid (Machaquito), inauguraba otra Plaza de Toros de Madrid, la de Vista Alegre.
Ya se puede decir que desde entonces formó en la primera línea de los espadas de moda, compitiendo en arte, valor y elegancia con el diestro español Antonio Fuentes y Zurita, posición que durante algo más de dos decenios supo mantener. Era un fino, que ponía banderillas con gran destreza, y manejaba el capote con una clásica perfección, realizando con él toda clase de suertes, incluso una de su propia invención, y que de él tomó el nombre de gaonera. Le falta sin embargo el valor y el entusiasmo en algunas ocasiones. Y ello es lo que clara-mente explicaba la irregularidad de sus actuaciones, y los inesperados fracasos en aquellos momentos en que la afición portuense más esperaba de él.
Es el momento de recordar que en el siglo XVI se produjo la primera exportación de vacunos navarros al Nuevo Mundo. Conocedor de la agresividad y bravura de los toros navarros, Juan Gutiérrez de Altamirano, primo de Hernán Cortés, se encargó en 1521 de que llegaran a la isla antillana de Santo Domingo un hato de vacunos compuesto por doce pares de toros y vacas procedentes de Navarra, que a principios de 1526 fueron traslados a tierras mexicanas y ubicados en la extensa región de Calimaya en la que existía un pueblo indígena del mismo nombre, que con todo su término y otras rancherías que adquirió en el valle de Toluca constituyó la hacienda de Atenco y dicho hato de vacu-nos el fundamento de la célebre ganadería que ha llegado hasta nuestros días con-servando fielmente las características del ganado de su procedencia.
Pocos años después los misioneros españoles llevaron también vacunos navarros a Ecuador, aunque en este caso su intención no fue la de extender las fiestas de toros por aquellas tierras, sino más bien su utilización como animales de guarda y defensa, para evitar los expolios de los huertos y tierras colindantes con las misiones, que servían de sustento a los frailes. Los toros navarros, ya famosos entonces por su agresividad, causaron el terror entre los indígenas ame-ricanos y permitieron preservar la precaria economía de los misioneros, que dispusieron alrededor de sus tierras un sistema de doble empalizada cortada en cada ángulo. En cada lado del cuadrado o rectángulo resultante se colocaba uno de los toros traídos de Navarra, que siempre estaba dispuesto a arrancarse ante el menor ruido o ante la presencia de quienes quisieran penetrar en las parcelas.
Además, era frecuente que para reunir las reses necesarias para un festejo taurino fuera necesario contar con las existentes en más de una ganadería, puesto que los machos de edades adultas eran poco abundantes en cada vacada y se limitaba a aquellos que se empleaban como repro-ductores. Habida cuenta de su agresividad, las peleas entre los toros eran frecuentes y por eso la en plazas era muy buena salida para los animales adultos. Sus propietarios los vendían para la lidia, sustituyéndolos por novillos, que resultarían menos complicados para su manejo y eran igualmente útiles para las funciones reproductivas. 
El preponderante origen navarro del vacuno de lidia mexicano se mantuvo, como hemos visto por los comentarios de los diestros españoles que los lidiaron, hasta finales del siglo XIX. Fue entonces cuando los ganaderos aztecas iniciaron varias importaciones de ganado español, princi-palmente de la ganadería del marqués del Saltillo, encabezados por los célebres hermanos Llaguno González (don Antonio y don Julián), entre los años 1906-1910- y los dueños de la Hacienda Galindo (Estado de Querétaro), que importaron de la ganadería sevillana de don Eduardo I Miura, hasta un total de cuarenta y cuatro reproductores de distintas ganaderías y sentaron las bases de lo que habría de ser el moderno toro mexi-cano.
Solamente uno de los sementales importados de España por los ganaderos aztecas durante aquellos primeros años de la década de 1910 fue de origen navarro, concretamente de la ganadería de los herederos de don Fausto Joaquín Zalduendo, por lo que esta Casta Navarra empezó a diluirse, desapareciendo por completo pocos años después, cuando se trajeron a México nuevos hatos de reproductores de otros muchos orígenes, fundamentalmente del marqués del Saltillo, que constituye la base principal y mayoritaria del vacuno actual mexicano, en cuya modernización –de toros y toreo- tuvo una importancia central la labor mágica que realizaron los hermanos Llaguno, correspondiendo ese orgullo a todos los zacatecanos (Estado de Zacatecas, México).
Por otro lado, Rodolfo Gaona y Jiménez, célebre matador mexicano de toros, nació en León de los Aldamas (México) el (22-01-1888). Cursó con gran aprovechamiento los estudios primarios, dando claras muestras de una inteligencia despejada. Pronto tuvo que abandonar los colegios para procurar refuerzos a los ingresos de la casa de sus padres, de posición humildísima. Siendo aún niño surgió en él la vocación taurina. Quiso su buena estrella que por entonces se estableciera en la citada población una escuela taurina el antiguo banderillero de Frascuelo, Saturnino Frutos (Ojitos). Gaona se matriculó en ella en los primeros momentos, destacándose en seguida de todos sus compañeros. Y eso que de aquella escuela salieron lidiadores muy notables o estimables en sus diferentes jerarquías, pues no cabe duda que Ojitos era un maestro consumado, que supo imbuir en sus discípulos la técnica, la disciplina y la competencia. 
Cuando Ojitos le creyó capacitado, presentó en público a Gaona. Fue esto el 1 de octubre de 1905, en la Plaza de Toros de la ciudad de México (D.F.), y tan brillante fue el éxito logrado, que pronto fue el artista favorito de la plaza de la Capital y de todas las de la República, según se fue presentando en ellas. Desde la citada fecha, que fue también en la que vistió por primera vez el traje de luces, hasta su llegada a España, toreó 122 corridas. A España, por los toreros españoles que allí actuaron y por diferentes conductos, habían llegado claros antece-dentes de la valía del muchacho, existiendo el natural interés en verle para juzgarle.

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ZALDÍVAR ORTEGA (Juan José.). Doctor en Medicina Veterinaria y Zootecnia por la Universidad de Córdoba. Nació en la ciudad de Puerto Real (Cádiz), el (20-08-1933)

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